VIENTO CON TIERRA, EL INDOMABLE 

            Los comechingones habitaban las sierras de Córdoba y San Luis. Eran nobles y trabajadores. Habían desarrollado importantes técnicas de cultivo. Criaban animales, realizaban celebraciones religiosas, expresaban su arte con pinturas rupestres y objetos de cerámica. Como sabios arquitectos, construían viviendas que lograban enfrentar exitosamente las inclemencias del tiempo. En pocas palabras, se trataba de un gran pueblo, admirado y respetado.

            Sin embargo, como ocurre en las mejores familias, hubo una época en las que les tocó soportar a un miembro problemático. Era un indio peleador, mal intencionado, haragán, y mentiroso. Una verdadera vergüenza para los demás.

            Como hijo de un cacique, su mayor ambición era suceder a su padre. Quería ser jefe, pero no para  guiar a su pueblo, sino para ejercer el poder y no tener que trabajar.

           Antes lo llamaban “Nube Oscura”, pero luego comenzaron a nombrarlo “Viento con Tierra”, porque era muy difícil soportarlo.

  Su padre, que se sentía harto de sus caprichos, insolencias, pretensiones y vagancia, decidió un día, enviar a dos hombres de su confianza para que lo vigilaran disimuladamente.

          Bastante duró la investigación. Durante ese tiempo los espías pudieron ver como el muchacho vagaba, en vez de trabajar y luego se ensuciaba con tierra y se mojaba para parecer sudado y fingir que había participado en las tareas del campo.

Varias veces, al observar desde lejos una polvareda, habían descubierto que no se trataba de un remolino, sino del hijo del jefe peleando con otros indios hasta el cansancio, ya sea para quitarles algo, para evitar que le cuenten a su padre de sus andanzas o simplemente para hacer daño.

Ante el cacique, se mostraba valiente y heroico, pero en realidad no lo era tanto como presumía. Un día en la sierra, después de haber huido de sus obligaciones, caminaba despreocupado y se encontró repentinamente de frente, con un guanaco. Se asustó imaginando el tremendo escupitajo que podía recibir y corrió cuesta abajo, pero tropezó y la mitad del camino lo hizo rodando. Se golpeó con las piedras. Se rayó con las espinas. Se lastimó con todo lo que encontró a su paso, en el descontrolado descenso.

Luego, al llegar herido a la aldea, inventó una historia de grandes hazañas. Dijo que había abandonado sus quehaceres para ir en busca de un feroz animal que rondaba el lugar, y salvar a su gente de un posible ataque. Que había luchado valerosamente y lo había vencido, matándolo con la fuerza de sus brazos, pero que finalmente los dioses se habían llevado a su víctima sin dejar rastros del cuerpo, por lo cual no  tenía pruebas para mostrarles. Aunque no se atrevieron  a decirlo, nadie creyó el fantástico relato.

Los enviados del jefe indio, continuaron observándolo de manera encubierta y una vez que recabaron suficiente información, se dirigieron a su superior y le comunicaron todo lo que habían averiguado.

Enseguida, éste hizo llamar al joven y le dijo que estaba al tanto de su comportamiento. Luego  le planteó un desafío. Hizo traer un cachorro de puma bastante crecido y difícil de controlar y sentenció lo siguiente:

— Irás al monte y tratarás de hacer que este animal sea inofensivo para ti y tus hermanos. Deberás alimentarlo y cuidar que nada le pase, o lo mismo que a él te sucederá a ti. No vuelvas hasta que no lo logres. Si no lo consigues no tendrás lugar en este pueblo. No llevarás más que lo necesario y nadie podrá ayudarte.

Desconcertado, el muchacho aceptó el fallo de su padre y se dirigió a las sierras con unas pocas armas y bastantes provisiones. El felino atado con cuerdas, fue transportado por unos hombres designados a tal fin.

       Cuando Viento con Tierra quedó solo con su insólita e indeseada mascota, muchas cosas pasaron por su corazón y su mente.

            — ¡Lo mataré y me haré un abrigo! ¡Luego robaré otro cachorro más pequeño y fácil de controlar y lo cuidaré hasta que crezca y pueda presentarlo a mi padre sin que note la diferencia! — se propuso muy seguro de su plan.

            El puma lo observaba alerta, temeroso y deseoso de escapar.

        El joven le dio agua y compartió su alimento durante casi una semana, hasta que este se acabó y las cosas se complicaron. Tenía que buscar comida no solo para él, sino también para su protegido. Luego de tres días de fracasados intentos se dio cuenta de lo inútil que era como cazador y se lamentó de no haber aprovechado mejor el tiempo para aprender un poco más.

El felino luchaba enfurecido para librarse de sus ataduras. Y ambos se miraban hambrientos como si el otro fuera un tentador almuerzo.

        Para colmo de males, se desató una intensa tormenta. El indio se guareció en una cueva, desde donde pudo oír los gemidos del animal que aterrorizado por los truenos y rayos, no dejaba de proferir todo tipo de sonidos desesperados. Se tapó los oídos para no escuchar, pero la voz del jefe resonaba en su memoria advirtiéndole que cualquier cosa que le ocurriera al puma, le sucedería a él también.

        En un acto casi inconsciente y poco calculado, salió de la gruta y cortó las cuerdas que amarraban al animal. Creyó que este escaparía, pero por el contrario, el felino se refugió con él. Cada uno se ubicó en un extremo, mirándose con desconfianza, sin perder de vista a su potencial enemigo. Las horas pasaban y la tempestad continuaba azotando la montaña. Finalmente el aborigen se quedó dormido, estresado por el hambre, el fracaso y las adversidades.

      Al amanecer, una brisa fresca despertó lentamente a Viento con tierra. Mientras se desperezaba estirando sus músculos, sintió un cuerpo acurrucado detrás de él. Se levantó con cuidado y al girar su cabeza casi se desmaya del susto. El puma había dormido pegado a su espalda.

Cuando logró tranquilizarse, vio a unos metros de allí los restos de un ave destrozada que le indicaban que su compañero, ya había desayunado. Sigilosamente trató de tomar lo que quedaba de carne, para asarlo al fuego. Pero antes de que pudiese llegar a su objetivo, un gruñido lo detuvo. Se retiró hacia un costado y observó como el felino recogía lo que quedaba de su presa y salía a comer, fuera del refugio.

       Viento con Tierra, se dio cuenta de que no lograría obtener nada del codiciado alimento. Recordó entonces, las veces en las que había arrebatado a su gente cuanta cosa se le antojaba, y advirtió que finalmente, le tocaba a él ser la víctima y lo desagradable que era ocupar ese rol.

         Aunque caminó unas horas y recogió algunos frutos, no los supo seleccionar y después de comerlos sufrió una intensa diarrea, que lo dejó muy debilitado.

      La tarde caía y con el sol oculto la temperatura descendió con rapidez. Recluido en la cueva, sin poder dejar de temblar, trató de encontrar su manto para taparse. Advirtió entonces que no era el único dispuesto a protegerse del frío. El puma, que se había apropiado del abrigo, lo estaba usando de “cucha”. Otra vez le tocaba a él ser despojado de algún bien y experimentar la injusticia. En ningún momento se le ocurrió tratar de recuperarlo, porque era consciente de que no tenía posibilidades, de salir exitoso de un enfrentamiento con el poderoso animal, menos aún con su frágil estado de salud.

         Afortunadamente para él, los pumas son, de entre los grandes felinos, los que más fácilmente se adaptan a la compañía de los humanos. Como mendigando un poco de calor, Viento con Tierra se acercó temeroso a su compañero y se acurrucó a su lado, recostándose contra el lomo tibio del animal que dejó oír una especie de ronroneo.

          El muchacho no pudo dormir esa noche. Comenzaba a creer que moriría,  que a nadie le importaría y que además lo tenía merecido. Las lágrimas corrían por sus mejillas, al ritmo de sus recuerdos. Podía reconocer sus errores y estaba dispuesto a cambiar, pero… ¿lograría salvar su vida?

         A la mañana siguiente le costó mucho levantarse. Sus piernas no soportaban el peso de su cuerpo. A gatas salió de la gruta y encontró a su amigo echado al sol sobre una piedra, masticando un pedazo de arco, luego de haber destrozado algunas flechas y una lanza. Como pudo, llegó a su lado y se sentó. Comenzó a hablarle, explicándole su patética situación, como si aquel pudiera entender algo. Había logrado lo que su padre le había propuesto, pero nadie lo sabría jamás, si no salía vivo del lugar, convenciendo además al puma de que lo acompañe.

            No teniendo una opción mejor, tomó sus cosas para tratar de regresar a la aldea, disculparse con su padre y el resto del pueblo y arriesgarse a no ser aceptado.

       Se arrastraba hacia el pie de la montaña, con el puma detrás de él tironeando del manto de cuero como si quisiera jugar.

          — ¿Lo quieres?  ¡Tómalo! —Dijo enojado el indio mientras soltaba el abrigo.

      El felino lo siguió, sin desprenderse de la prenda que sujetaba con sus dientes.

De pronto Viento con Tierra se desvaneció y rodó inconsciente hasta el pie de la sierra.

     Al despertar no estaba solo. El puma lo ocultaba con su cuerpo, como queriendo protegerlo, mientras otros aborígenes trataban de llegar a él para brindarle auxilio.

          El muchacho herido, reprendió al que se había convertido para entonces en su compañero y amigo, y logró que este le permitiera a los demás acercarse.

         Mientras era llevado a su pueblo, el puma no se apartó nunca de su lado. Al llegar fue recibido con asombro por su gente, que ofreció una fiesta en su honor.

         Dejaron de llamarlo Viento con Tierra y cambiaron su nombre por “hermano del puma”. No llegó a ser cacique. El cargo fue ocupado por uno de sus parientes, que había demostrado gran valor al defender a su pueblo de ataques enemigos. Pero él no se sintió afectado, le bastaba con haber obtenido el cariño y el respeto de su gente.

¿Y el puma? ¡Ah, sí, el puma…! No pudo vivir mucho tiempo en la aldea. ¡Se metía en los corrales y hacía desastres! Su amigo, tuvo que llevarlo al monte, pero se reunían seguido. A pesar de que el indio cumplía con sus tareas de campo, conseguía permiso para recorrer cada tanto las sierras, acompañado del animal.

Cruzaban arroyos, saltaban de piedra en piedra, trepaban montañas, y hasta ahuyentaban depredadores, para evitar que llegaran al poblado.

      La cueva siguió siendo el hogar del puma. En ella  se encontraba el viejo manto, que le obsequió su hermano el indio.

Cada vez que algún joven se volvía rebelde y problemático, el cacique le relataba entre sermones, la historia de “Viento con Tierra” que se convirtió en “el hermano del puma” y el orgullo de su pueblo.

Escrito por mí, y publicado unos años después en mi primer blog el 30 de octubre de 2020. Andrea Novero

andreabuenaspalabras@gmail.com

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Docente jubilada. Aficionada a la lectura, la escritura y la investigación. Amo a mi familia, la naturaleza, la literatura y las ciencias.

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