SUEÑO DE GLADIADOR


Entró a su lugar de trabajo. Se imaginó como un gladiador, con su pesado casco, la túnica, las protecciones en los brazos, las canilleras, la coraza pectoral, las sandalias, un escudo y una gran espada, y con cara de enojado, haciendo juego con su atuendo imaginario.

Cuando vio a su jefe, lo saludó fingiendo simpatía, y siguió caminando mientras murmuraba el clásico:

— “¡Ave César! ¡Los que van a morir te saludan!”

Entró al taller y observó por un instante la escena. Imaginó la arena infértil del Coliseo de Roma, regada con sudor, sangre y lágrimas y restos de cuerpos, sonorizada con los gritos de la multitud vitoreando, rugidos, aullidos, llantos, gemidos agonizantes, choques de espadas, gritos de combate, arengas del lanista a sus gladiadores.

Los demás operarios, en su fluida imaginación, eran tigres, leones, hienas, robustos guerreros, cristianos debilitados y condenados a muerte. Sonrió con ironía y saludó a los más próximos.

No, no estaba loco, estaba cansado, frustrado y enojado con la vida, y ese chiste interno lo predispuso mejor para la jornada.

Como un autómata, cumplió sus tareas y se retiró puntual al finalizar su turno.

El transporte público en un día de bochornoso calor era intolerable, sobre todo si el coche no tenía aire acondicionado, como en este caso. Como siempre no había asientos libres y le tocó nuevamente viajar de pie. La mezcla de olores a sudor y desodorantes colapsados, entre otros aromas, era una mezcla muy desagradable.  Las prendas húmedas del uniforme estaban pegadas al cuerpo y los borceguíes eran calderos. Por las ventanillas abiertas entraba aire caliente, convirtiendo el vehículo en un sauna.

Al descender, bebió lo que le quedaba de agua en su botella. Fácilmente podría haberla usado para prepararse un té allí mismo, sin necesidad de hervirla.

Caminó una parte del trayecto y en una esquina. Un hombre al que no había visto antes, lo señaló con la mano y proclamó:

— Los sueños se alcanzan si los medios son los correctos.

Fastidiado, tuvo ganas de Insultarlo, pero Solo le hizo un gesto. Moviendo el dedo índice sobre su sien, expresando que lo veía como a un loco.

Llegó a su departamento, pasó derecho a la heladera y luego c a ducharse.

Se acostó sobre la cama envuelto en la toalla, como con una pollera. Su cabeza parecía hervir a borbotones. La espalda daba la sensación de haber sido molida a palos. Pronto se durmió.

Cuando se despertó era de noche. Comió y se sentó en un sillón con el lugar en penumbras y los ojos bien abiertos, pensando en su reciente divorcio, su soledad y su infortunio general. Como un perro que se lame las heridas trató de encontrar sentido a su dolor. Se durmió sentado hasta que el despertador lo liberó de una absurda pesadilla.

Otro día más, la misma rutina, el mismo calor, y el mismo hombre raro de la esquina, que esta vez se despachó con un:

— ¡Atrévete a soñar a lo grande! ¡Garantizado!

Iba a Ignorarlo, pasó de largo pero volteó para decirle:

—     ¿Qué te paso loco? — Y siguió caminando.

Llegó a su casa. Cada día era un déjà vu. Daba vueltas en la cama, le dolía la espalda y terminaba durmiendo sentado en el sillón.

Otro día, y otro, y otro, y siempre la vuelta a casa y el pesado de la esquina.

— “Los sueños no funcionan a menos que tu los hagas”, decía John Maxwell. — Esta vez lo señaló con el dedo.

Harto, lo tomó de la ropa y lo estroló contra la pared, a centímetros de la vidriera.

— ¿Qué te pasa loco? ¡Me tenés cansado! ¿Te reís de mí?

— No señor, yo solo lo veo pasar cansado cada día, y por su mirada y su postura, deduzco que no está durmiendo bien.

— ¿Y a vos qué te importa?

— Señor ¿alguna vez se fijó en dónde trabajo? ¿Se fijó en el local que hay en esta esquina? — Dijo el agredido señalando tímidamente el comercio —. Debería considerar mis consejos.

Confundido, el hombre miró la tienda a la que nunca le había prestado atención. Enrojeció y pidió disculpas.

— ¡Perdón! ¿Es que estoy muy cansado!

— ¡Por eso, pase adentro un momento! Le serviré algo fresco yle contaré que tenemos para ofrecerle.

Era una colchonería. Allí consiguió un colchón nuevo, en doce cuotas sin interés, y se lo llevaron gratis a su domicilio.

Ahora duerme como angelito, y ronca como un oso. Sus problemas siguen siendo son los mismos, pero al descansar mejor los ve con más tranquilidad.

— Las cosas algún día se terminan acomodando. — Se repite esperanzado cada día al entrar a su Coliseo, con su armadura, su casco, su escudo y su espada imaginaria, pero ahora con mejor semblante y más energía.

Y cuando pasa por la mencionada esquina, levanta un pulgar, o una mano y saluda al vendedor que lo espera en la puerta, con frases como: 

— ¡Salve, guerrero de los sueños! 

— ¡Ave Cesar! ¡Los que van a dormir te saludan! 

— Mi última voluntad: ¡entiérrenme con mi colchón! 

— Dios, mis viejos, Messi y mi colchón: ¡Cuánta perfección!

— En mi otra vida quiero ser sábana, para vivir abrazado a mi colchón.

Los otros vendedores, cuando están desocupados, también salen a esperarlo y se avisan:

— ¡Ahí viene Máximo Décimo Meridio!

 Y responden a su saludo con aplausos y carcajadas.

Cómo dicen algunos: la mejor publicidad es un cliente satisfecho.

Escrito por mí y publicado en mi primer blog el 1 de octubre de 2025. Andrea Novero

andreabuenaspalabras@gmail.com

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Docente jubilada. Aficionada a la lectura, la escritura y la investigación. Amo a mi familia, la naturaleza, la literatura y las ciencias.

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