PROYECTO CHIMANGA

No creo en la suerte, ni en la mala suerte, ni en el destino. Creo que hay circunstancias favorables y circunstancias adversas; que se hace camino al andar y que no andamos sujetos a una vía trazada, como los trenes. Pero si creyera en la mala suerte, diría que me ha tocado.

Escondida del mundo, incomunicada y temiendo por mi vida, dejo registro de lo ocurrido en este cuaderno.

No sé si vienen por mí. Anoche creí escuchar pasos, pero puede haber sido el viento, o un recuerdo inoportuno deambulando por mi mente.

Trataré de resumir el origen de este desastre. Desde hace décadas, incluso antes de la existencia de las redes sociales, la gente se compara con otros y no quiere ser menos. El uso de tecnología, que nos pone en vidrieras, ha potenciado esto. Para algunos se ha vuelto enfermizo. Viendo allí un negocio brillante con mucho potencial, laboratorios y empresas especializadas, empezaron a ofrecer soluciones para lograr la vida soñada, o bien sanar recuerdos traumáticos, o superar limitaciones personales.

Trabajo en Somnia, allí literalmente compran y venden “recuerdos” de la gente,  y partiendo de ellos, con complejas intervenciones en el sistema nervioso, logran incluso desarrollar algunas habilidades en sus clientes. Al principio eran solo imágenes, pero fueron perfeccionando las técnicas y ahora incluyen emociones y sensaciones. Una experiencia mental y sensorial que se siente muy real y queda guardada en la mente y en el cuerpo, formando una memoria muscular que permite adquirir habilidades.

Se puede viajar a lugares desconocidos; aprender técnicas de manejo de herramientas, vehículos, cocina, arte, idiomas, deportes; compartir momentos con personas destacadas de la farándula, políticos, deportistas, etc. Todo esto, a través de las memorias ajenas, sin necesidad real de haber viajado, manejado, cocinado, estudiado, entrenado.

Existe un “paquete de vida cumplida” destinado a enfermos terminales, para morir en paz, sintiéndose realizados. También se pueden borrar definitivamente malos recuerdos o alterarlos, para superar estrés postraumático.

No todos pueden acceder a esos tratamientos. El precio solo está al alcance de unos pocos privilegiados. Yo misma me tenté, pero no podía pagarlo, así que robé unas cuantas memorias, con la ayuda de un amigo y compañero de trabajo que hace tareas técnicas en el laboratorio.

El primer recuerdo que robé fue el de una mujer conociendo la nieve. Sentí en mis manos el frío de una suave y liviana bola blanca. Un viento helado parecía querer atravesar mi cara, mientras la fascinación y la alegría explotaban en mi corazón, e invadían mi cuerpo y mi mente, aunque no eran mías. ¿O sí? No sé.

Los primeros meses fueron excitantes. Me recostaba en el sillón de mi departamento, y al cerrar los ojos podía verme caminar por lugares paradisíacos, surfear, dar una conferencia (aunque no era mi voz la que escuchaba). Miles de experiencias fascinantes. Y de pronto me levantaba y podía dibujar como una artista, o cocinar como una chef, y muchas cosas más que nadie me había enseñado.

Luego llegó la confusión. Pensaba en alguien y me preguntaba: ¿De verdad lo conozco? ¿Esta es mi madre? ¿Quién será este? ¿Esta es mi casa? ¿Por qué no encuentro al perro que recuerdo en mi balcón? ¿Cuál es la versión real de mí misma?

Los recuerdos empezaron a deteriorarse. Empecé a perder la noción de lo propio, lo ajeno, lo real y lo imaginario. El día que me reí frente al espejo y dudé si esa risa era mía, supe que algo se había roto.

Estando en mi lugar de trabajo, sentada en mi escritorio, veía mis manos usando el teclado de la notebook y dudaba si las manos eran mías. Me sentía como una testigo y no como la protagonista, de lo que realmente está viviendo en carne propia.

Con el tiempo, los sueños, la realidad y los recuerdos, propios y ajenos se entrecruzaron y se borraron las fronteras. Y comenzó a aparecer una nueva versión, que no era yo, ni los otros, era una suma de fragmentos de distintas conciencias. Estando sola en silencio, trataba de recordar mi voz y en mi recuerdo eran distintas versiones de voces femeninas. Tenía que hablar en voz alta para escucharme y reconocerme.

Un día, entré a los archivos del laboratorio de la compañía y encontré registros de efectos secundarios graves en algunas personas, para los cuales aún no hallaban solución. A los menos desafortunados, lograron crearles nuevos recuerdos falsos, a su gusto, y totalmente gratis, con una IA y les “retiraron” otros antes implantados. O sea que manipularon sus mentes para no ser demandados, y quién sabe qué ideas les metieron en sus cabezas. Otros clientes desaparecieron del mapa. Figuran como tratamientos incompletos, pero no se sabe nada más. No volvieron a sus familias, sus trabajos, sus rutinas. ¿Estarán vivos? ¡Me espanté! Cerré la computadora con las manos temblando y náuseas en mi garganta, porque descubrí que nadie salía de Somnia del todo libre, algunos salen con recuerdos nuevos, otros no salen nunca.

¿Podía confiar en mi amigo? ¿Era peligroso? ¿Y si me había hecho daño para experimentar con mi cerebro para la corporación?  En el fondo, nunca estuve del todo segura de su lealtad, no es muy expresivo y a veces resulta enigmático.

El miedo a ser descubierta me volvió paranoica. Pedí que me adelantaran las vacaciones, le dije a mi familia que haría un viaje largo y que no se preocuparan si me desconectaba por un tiempo del celular.

Y aquí estoy, en una cabaña alquilada “por dos mangos”, en el medio de la “nada”. Para comprar comida tengo que cruzar un arroyo, que cuando llueve no se puede atravesar. Mi compañía más frecuente se reduce a la fauna autóctona.

Una familia de iguanas ya se acostumbró a mi presencia, y vienen diariamente a compartir mi comida. No es que pasen hambre, les gusta compartir lo ajeno. ¡Son caraduras! Su paso lento me resulta familiar, pero nunca tuve iguanas, ni tortugas, no sé a qué recuerdo me remiten. ¿Será un recuerdo propio o uno ajeno?

La variedad de fauna que alcanzo a ver o a escuchar, es maravillosa, aunque extraño la compañía humana. Pero las iguanas no preguntan quién soy, al arroyo no le importa mi pasado, la naturaleza no me juzga ni me compara, no me exige ser nadie, no me amenaza, y yo descanso en su armonía.

Todos los días unos pájaros sobrevuelan el lugar, algunos de otras especies parecen temerles y se dispersan como si huyeran. Reconozco ese silbido, pero no logro identificarlos. ¿Desde cuándo y por qué está en mi memoria?

Me gusta meter los pies en el arroyo, cerrar los ojos, no pensar en nada, escuchar los sonidos, percibir los olores de la flora y la fauna, el aire limpio, el calor del sol, conectar con mis sentidos, porque en esos momentos sé que soy yo misma.

Cuando analizo lo que hacen en Somnia me digo: una vez que “entran” en la cabeza de alguien no hay límite, si prestan consentimiento para que ingresen a ese terreno ¿quién cuida lo sagradamente privado? ¡Hay un importante vacío legal! Imagina todas las posibilidades que se abren. Esto podría convertirse en una Caja de Pandora. Somos la especie más inteligente y a la vez la más necia del planeta.

El caos me domina. ¿Cómo puedo recuperar mi vida? ¿Sabrán en Somnia lo que hice y lo que sé de ellos?  ¿Cómo volver a mi casa, a mi trabajo sin miedo a que quieran matarme para “eliminar un cabo suelto”? ¿Pondría en peligro a mi familia si regreso? ¿Estoy perdiendo la razón? ¿Se puede sanar esta confusión que siento?

Otra vez esos pájaros. ¡Me encanta verlos! No sé por qué no quiero que se vayan.

Me gusta la soledad, pero hay momentos en los que no es bueno estar sola. Los vínculos saludables con la familia y los amigos son la red de apoyo que nos ayuda a encontrar nuestro eje. Trato de imaginar a cada uno y no estoy segura si cada rostro que recuerdo es alguien cercano, o es algún desconocido. Tengo miedo de olvidarlos. No me animo a usar el celular, por miedo a que me rastreen. No sé si el temor es válido o infundado.

Acabo de retomar mis notas después de un descanso. Recostada en la cama me concentré en visualizar el vuelo y el sonido de esas aves que resultan extrañamente familiares. No sabía qué estaba buscando, solo sabía que necesitaba aferrarme a algo auténtico, a algo no comprado. ¡De pronto lo recordé! ¡Son chimangos! Mi abuela nos decía chimangos a sus nietos. Recuerdo la primera vez que me nombró con esa graciosa palabra: “¡Chimanga, hace lo que te dice tu mamá!” Y yo sonreí, sin entender por qué me comparaba con un pájaro. Unos años después le pregunté por qué nos llamaba así. Ella me dijo que los chimangos son muy inteligentes, se adaptan a todo y andan cerca de los suyos.

¡Chimanga! Esa palabra mágica que me transportó a recuerdos felices, me conectó de pronto con memorias de rostros y voces familiares, abrazos, risas, domingos de mesas compartidas. Hacía mucho tiempo que no tenía la seguridad que sentí. Se trataba de algo real. Estoy esperanzada de volver a ser yo misma, al menos recuperar lo más importante.

Voy a ir al pueblo, llamaré a mi compañero del laboratorio, para ver cómo está todo por allí. Tendré que darle un voto de confianza. ¡Necesito volver!

No puedo luchar contra un gigante protegido por otros gigantes, deberé cuidar mis espaldas y actuar como si no supiera nada. Por otro lado, puedo hacer denuncias anónimas a los medios de comunicación, con mucho cuidado, para que se sepa que hay efectos secundarios y gente desaparecida.

No quiero más vidas ajenas, no quiero viajes que no hice, quiero ser esa chimanga que se adapta, sobrevive, ama y vuela con los suyos.

Tendré que volver al laboratorio, revertir lo que se pueda en mi cabeza; buscar terapia; compartir con mi familia y amigos para reconstruir lo perdido. Soy consciente de que ya no volveré a ser como antes, pero buscaré la mejor versión posible. A esta reconstrucción personal la convertiré en mi proyecto de vida, y lo llamaré: “Proyecto Chimanga”.

Y voy a hacer un mural enorme con la célebre frase: “La verdad los hará libres”.

Los chimangos vuelan alto sobre la cabaña, me acompañan. ¡No dicen nada, y me dicen tanto!

andreabuenaspalabras@gmail.com

andreabuenaspalabras@gmail.com

Docente jubilada. Aficionada a la lectura, la escritura y la investigación. Amo a mi familia, la naturaleza, la literatura y las ciencias.

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