
En algunas etapas de nuestra vida, nos sentimos perdidos en la oscuridad, y ansiamos ver nuevamente la claridad del día. Y nos preguntamos: ¿Qué hace que la vida tenga sentido? ¿Qué hace que ella valga la pena? ¿Qué hace que alguien sobreviva a la incertidumbre, a la monotonía, a la soledad? Tal vez la respuesta está en lo que se cree, en lo que se espera, en lo que se busca, en lo que se va encontrando, en la compañía de otros que también buscan, esperan, creen…
La fuerza interior que nos hace levantarnos de nuestra miseria es tan invisible como inexplicable, desconcertante, inesperada. Nunca sabemos cuando podemos perderla o cuando surgirá con más energía.
Sabemos que un atleta no corre porque sí. Ambiciona una meta y pone en juego todo lo que tiene, sin pensar en sus debilidades, solo en la meta. Olvida el cansancio y a veces hasta el dolor. Lo único que sostiene su marcha es el deseo de alcanzar el final, de llegar, de lograrlo.
Así también es la vida. Necesitamos un objetivo que nos mantenga firmes y nos atraiga de tal manera que olvidemos los obstáculos y las dificultades. Un punto de llegada creíble, atractivo, que se nos haga imprescindible. No es fácil conservar la fuerza que nos mantiene en carrera, pero no es imposible. Debemos aprender a conocernos de tal manera, que descubramos qué nos ayuda a reencontrarla y probar distintas formas de reavivarla cuando parece acabarse.
Es fundamental para eso, enfrentarse a las propias miserias, carencias, capacidades, sueños y esperanzas… Y así, en medio de nuestras batallas, triunfos y derrotas, asumir lo que en verdad somos.
Seguir en carrera, conocerse a sí mismo, no perder de vista la meta, olvidar los obstáculos, conservar las fuerzas, y sobre todo creer que es posible alcanzar la victoria.
Por más densas que sean las tinieblas, hay que tener esperanza, porque después de la noche, siempre aclara el día y vuelve a distinguirse el horizonte.
Escrito por mí, y publicado unos años después en mi primer blog el 12 de noviembre de 2020. Andrea Novero








