Había sido una persona común, con un trabajo, una familia y amigos. Pero ya casi no podía recordar esa vida, ni el momento en el que le fue arrebatada. Llevaba demasiado tiempo viviendo en la oscuridad. En el lugar que antes ocupara su alma, un profundo vacío parecía tragarse todo, dejando solo sombras de dolor y muerte. Estaba condenado a una noche eterna, sin poder ver el sol, ni disfrutar de la compañía de los seres queridos, ni hacer proyectos futuros. Apenas podía subsistir, aunque al precio de vidas ajenas. No recordaba lo que era experimentar el impulso de los buenos sentimientos. Con frecuencia lo embargaba un hambre voraz, que lo hacía más dependiente de la fuente de energía fundamental del ser humano: la sangre, pero no la propia, sino la de otros.
Desde que era un vampiro la sinapsis entre sus neuronas había cambiado. Su cerebro estaba invadido por un oscuro temporal, que arrasaba con todo. Y como una tormenta que desconecta y descuelga cables, iba destruyendo los buenos intentos de ser razonable. Al tratar de mirarse en un espejo, no veía nada. Su imagen se había desdibujado. Su cuerpo tampoco hacía sombra como efecto de la luz. Forzado a la soledad extrema en el despojo total, que no le permitía contar ni siquiera con la imagen reflejada de sí mismo. Desprovisto de su esencia, estaba más muerto que los muertos. Una total desesperanza hubiera sido el sentimiento más lógico y oportuno, si hubiese podido sentir algo más que odio y rencor. Pero el agujero negro que lo consumía, en el cual se perdía cada vez más, sólo dejaba lugar a la nada.

Obligado a huir constantemente, como consecuencia de sus cacerías, iba de un lado a otro, sin poder echar raíces. Ningún lugar era su lugar. Un día, la casualidad, o la providencia, lo condujo al hogar de su familia. Algo, que no supo interpretar, lo hizo desistir de cualquier intento de acercarse a ellos. Rodeó la casa y llegó al fondo del terreno. Escuchó ruidos y se refugió en un pequeño galpón, forzando apenas la desvencijada puerta. Después de un rato, se animó a encender la luz y pudo apreciar numerosos objetos, la mayoría en desuso: muebles, juguetes, adornos, herramientas, etc. Lo que antes hubiera sido muy significativo, ya no le decía nada. Luego de un rápido recorrido divisó una fotografía familiar, enmarcada en fina madera. Trató de encontrar y aferrarse a algún recuerdo, algo que le devolviera un poco de su perdida vida, pero otra vez sucumbió a la nada. Un sonido extraño lo distrajo y se apresuró a huir, llevando entre sus manos la estampa.
Como cada noche, se alejó de la ciudad para esconderse en la torre del campanario de una antigua capilla. Voló hasta la parte más alta y se sentó a la luz de la luna. En un descuido, el retrato cayó desde el techo hasta el suelo y su armazón se quebró. Bajó a buscarlo y en eso estaba, cuando advirtió que un vehículo circulaba cerca del lugar. Corrió a ocultarse, con los restos de la foto y el marco roto, entre las manos, cuando tropezó y se fue de bruces al suelo. Un trozo de la madera que llevaba se incrustó en su pecho, a la manera de una estaca. Un líquido casi negro brotó de su carne. Reconociendo que estaba próximo el desenlace de su triste historia, observó otra vez la imagen familiar. Su mente se despejó, poblándose de recuerdos y la nostalgia lo inundó, como una ola poderosa.
Entró por una ventana para buscar refugio. Sobre el altar un crucifijo lo animó a acercarse. Hasta entonces había huido de las cruces, como todo vampiro, pero un intento desesperado por encontrar misericordia al final del camino, lo llevó hasta él. Contempló al Cristo con sus manos y sus pies clavados y la herida de la lanza en el tórax. Luego reparó en su propio pecho y reconoció la coincidencia. Cerró los ojos. Muchos pensamientos, algunos claros y otros sombríos, poblaron su memoria, entremezclándose en confusas y caóticas escenas. En consecuencia, lo invadieron la melancolía, el miedo, el remordimiento, la bronca y la desesperación por el destino, que según creía, le habían impuesto injustamente al haberlo transformado, a la fuerza, en un monstruo. Luego todo se fundió, en un solo e inmenso dolor. Agotado, su mente se rindió, serenándose con el silencio mortal de un campo de batalla después de una masacre. Fue entonces cuando evocó el recuerdo de una voz diciendo:
─ “Unamos nuestros sacrificios a los de Cristo, para darles un sentido redentor.”
Deseó unir sus pesares a los del crucificado para, al menos, no haber sufrido en vano, aunque aún no lograba distinguir ninguna luz de esperanza. Como para sellar un pacto silencioso, apostando una última ficha, se quitó la estaca, cortó un jirón de tela de sus prendas, con las pocas fuerzas que le quedaban y ató el trozo de madera a la tabla vertical del crucifijo. De pronto, su pecho herido comenzó a sangrar otra vez tiñéndole la ropa de rojo. Su sangre ya no era oscura y espesa. Sonrió al sentirse redimido, pero lloró porque comprendió que ahora sí podía morir. Había logrado cambiar el efecto de la cercana muerte que lo asechaba, pero ya no podía restaurar su vida. Tenía los minutos contados, para un viaje sin retorno. Rezó suplicando:
─ ¡Si algo bueno puedo hacer todavía, para reparar los daños, dame un poco más de tiempo!
Abrazó con fuerza el retrato, símbolo de sus raíces, mientras un mareo incontrolable lo hacía caer, dejándolo inconsciente. El encargado de la capilla, lo encontró y lo llevó presurosamente a un hospital. Cuando despertó, estaba en una sala, rodeado de algunos familiares que habían podido ser localizados gracias a la fotografía. Pudo vivir unos años más, durante los cuales se empeñó en compensar lo que había hecho mal, y lo bueno que había omitido. Aprendió, que al sufrimiento hay que dejarlo en manos del único que puede transformarlo, en saludables frutos redentores. Y se decidió a no volver atrás, porque comprendió que el camino de la vida, tiene una única dirección: hacia adelante.
Escrito por mí, y publicado unos años después en mi primer blog el 10 de noviembre de 2020. Andrea Novero








