
Toto era hijo único de una familia de monstruos, que vivía en una cueva. Ninguno de los tres se había alejado antes del bosque que habitaban. Por lo tanto nunca habían asustado a nadie.
A Toto le pareció que ya tenía edad suficiente para intentarlo. Lo primero que hizo fue cambiarse el nombre. Pidió que lo llamen Trueno, que sonaba más temible.
Mientras cruzaba el bosque, ensayaba rugidos y gestos horripilantes. Pero tardó tanto en llegar a la ciudad, que en el camino se quedó afónico.
Al final, apenas se le oía cuando intentaba expresar un feroz: ¡UAH!
Le dolía muchísimo la garganta, pero decidió no volver a su casa sin lograr que alguien le tuviese miedo.
De pronto encontró un perrito que jugaba con una ramita. Primero se preparó, y luego lanzó un ahogado bramido, mientras movía los brazos para causar más temor. Pero sólo consiguió un ataque de tos.
El perrito lo miró y no se asustó para nada. Al contrario, le acercó un palito y lo dejó a sus pies, invitándolo a jugar.
Toto, que ahora se llamaba Trueno, siguió su camino enojado por no haber logrado su objetivo. Para colmo, como iba tan disgustado se tropezó con una piedra y se quebró los colmillos, y algunos dientes que por suerte eran de leche.
Enseguida encontró una señora que llevaba dos niños de la mano. Se puso en posición de monstruo e intentó nuevamente pronunciar algún sonido aterrador.
— ¡Uah!— Exclamó.
Los niños al verlo, sintieron lástima, al advertir que tenía rotos sus dientes.
— ¡Mamá!— Dijo la nena. — ¡Pobre osito grande! ¡Debe querer
decirnos que le duele la boquita!
— ¡No! — decía Trueno con la cabeza, e intentaba otra vez causar pánico en aquellas personas.
—Yo creo que quiere upa. — Aseguró convencido el niño. Y agregó: — ¡Pero debe ser muy pesado!
— ¡No! — volvía a insistir el monstruo, moviéndose nerviosamente.
La mamá comentó: — ¡Qué desafortunado! Debe querer ayuda para volver a su casa. Vamos por un policía para que busque a su familia.
Trueno angustiado por su fracaso, siguió su camino. No quería regresar a su cueva sin convertirse antes en un personaje pavoroso para todo el mundo.
En unos minutos llegó hasta una escuela y creyó que era el lugar ideal para aterrorizar a mucha gente a la vez.
— ¡Qué es eso! — Dijeron algunos padres, preocupados al verlo.
Enseguida salieron los niños y se sintieron atraídos por él.
— ¡Qué osito tan feo! —Dijo una nena.
Mientras Trueno hacía caras desagradables y trataba de emitir algún sonido desde su arruinada garganta, a la vez que agitaba sus brazos amenazadoramente.
— ¡Qué mal que baila! —Opinó un nene de la sala de cuatro.
— ¡Mi seño te puede enseñar! — Ofreció una nena de la sala de cinco.
El pequeño monstruo lo negaba con la cabeza. Tomó dos mochilas y las arrojó hacia arriba, esperando que todos corrieran espantados. Pero nadie se movió de su lugar.
— ¡Nene! ¿Querés hacer malabares? — Quiso saber la dueña de una de las mochilas, bastante enojada. — ¡Pedí las cosas! ¡No seas tan torpe!—Agregó.
— ¿Hay algo que te salga bien?— Preguntó un chico de primero con total tranquilidad.
— ¡A lo mejor viene a la escuela para aprender!—Sugirió un abuelito que se encontraba junto a sus nietos.
Trueno no sabía qué hacer. Se quedó mirando quieto y preocupado, tratando de entender lo que pasaba.
— ¡Necesita un abrazo! —Gritó un pequeño.
Y pronto todos los chicos lo rodearon en un tierno y fuerte apretón.
El pequeño monstruo se sintió tan emocionado, que cambió de idea. Empezó a hacer gestos graciosos con su cara. Y hasta intentó bailar.
Los chicos lo aplaudieron, le cantaron y lo llenaron de besos y abrazos.
Él volvió a su casa. Pero ahora, que sabe que es más lindo hacer reír que hacer llorar, cada tarde a la salida de la escuela, brinda su mejor espectáculo, para divertir a grandes y chicos.
Ya no está afónico. Y trata de no levantar mucho la voz. ¡No vaya a ser que alguien se asuste! Es que se dio cuenta de algo muy importante: todos podemos ser buenos, si somos capaces de descubrir, lo maravilloso que es hacer felices a los demás.
Escrito por mí, y publicado unos años después en mi primer blog el 31 de octubre de 2020. Andrea Novero





