EL GOLPE DEL SIGLO

            Alberto, Rubén y Enrique decidieron llevar a cabo  lo que ellos llamaron “el golpe del siglo”. Era un plan perfecto. La policía del pueblo no parecía estar preparada para  impedirlo.

            Con total seguridad, aunque también con mucho nerviosismo, subieron al auto. Ninguno hablaba. Enrique encendió el motor y esperó un momento antes de iniciar la marcha.

            Cada uno repasaba en su mente los pasos del magnífico plan. Cubrirse el rostro, encañonar a los guardias, desarmarlos tomándolos como rehenes,  intimidar a los cajeros, conseguir el dinero, etc.

            Sin dudas los diarios no podrían evitar hablar de ellos. Sonreían en silencio imaginándose cada uno, disfrutando el cuantioso botín. Viajes, autos nuevos, ropa de marcas importantes, y cuanta cosa cruzara por su ambiciosa imaginación.

            Llegaron al fin al lugar. Tomaron sus cosas, descendieron del vehículo y se miraron seriamente.

— ¿Listos? — Preguntó Rubén. A lo cual los otros respondieron asintiendo con la cabeza. — Vamos entonces. — Agregó.

            Caminaron con las manos en los bolsillos, ansiosos, con paso firme y decidido. Ya no había posibilidad de arrepentirse. No volverían atrás sin lograr su objetivo. O al menos intentarlo.

            Disfrutaban de la idea de ser recordados para siempre por todo el pueblo, y quizás por el país entero por su gran hazaña.

            Caminaban a la par. De los ocho escalones que tenían que subir, antes de ingresar en la prestigiosa institución bancaria, ya habían ascendido siete, cuando una dulce voz los llamó a sus espaldas.

    —    ¿Me pueden ayudar por favor, muchachos?

            Se les heló la sangre. No estaba en sus planes ninguna interrupción. Pero no eran tan insensibles como para no atender la necesidad de la tierna viejecita, que al pie de la escalera esperaba una respuesta. Otra vez se miraron y sin mediar palabras acudieron en auxilio de la mujer.

            Una vez concluida su buena acción, se encontraron frente a la puerta. No alcanzaron a tocarla cuando alguien gritó:

           — ¡Señor! ¿El auto verde es suyo? ¿Lo puede correr? Si no, no paso con el camión. ¡Es una calle angosta jefe!

            Otra vez cruzaron miradas, en las cuales se veía claramente una creciente ansiedad. Sin decir nada, Enrique se hizo cargo de la situación mientras los otros dos lo esperaban.

 Estaban otra vez listos, henchidos de coraje y totalmente resueltos. Sacaron de sus bolsillos los pasamontañas con los que cubrirían sus rostros. Aún no se los habían colocado cuando una mujer salió del edificio, llevando un bebé en un coche. Guardaron rápidamente sus disfraces. Tendrían que esperar hasta que se fuera, aunque no demasiado para no llamar la atención de los guardias.

Viendo la poca destreza con que la señora manejaba el carro, trataron de ayudarla. En eso estaban cuando ella tropezó y sujetó el abrigo de Enrique, que a su vez se tomó de Alberto y de Rubén. El pánico y el vértigo se mezclaron en sus expresiones, mientras sus cuerpos se desplomaban, para rodar luego por las escaleras.

La mujer y el bebé fueron los únicos afortunados. Un policía, que acababa de salir preocupado por los tres desconocidos, que desde hacía largo rato venía observando, alcanzó a tomar a la madre de un brazo, salvando también al bebé de la violenta caída.

El coche quedó tirado en la vereda, junto a los tres hombres que gemían de dolor.

Varios curiosos intentaron ayudarlos, incluso el uniformado. Pero ellos, poniéndose de pie como pudieron, se alejaron del lugar, temiendo que descubrieran las armas y los disfraces que escondían entre sus ropas.

En el viaje de regreso, tubo que manejar Rubén, ya que sólo sufrió algunas contusiones, mientras que Enrique se torció la muñeca, y se fisuró un dedo de la mano derecha. Alberto, se dislocó el hombro y se golpeó la cara con los lentes de sol que llevaba puestos, lo cual le produjo un gran hematoma alrededor de la nariz.

Después de pasar por el hospital regional, y de recorrer varios kilómetros, regresaron a su ciudad, con frustración y amargura. Pero en algo no se equivocaron porque, desde entonces todos comentan en el pueblo, el día en que tres extraños, pero “buenos muchachos”, protagonizaron lo se recuerda hasta hoy como “el golpe del siglo”.

Los malos pasos en la vida, por caminos torcidos, a largo o corto plazo terminan en un traspié. Si has comenzado mal, retoma la dirección correcta y compensa tus errores con buenos gestos, para que te recuerden por ellos  y no por el papelón de una dura «caída».

Escrito por mí, y publicado unos años después en mi primer blog el 31 de octubre de 2020. Andrea Novero

andreabuenaspalabras@gmail.com

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Docente jubilada. Aficionada a la lectura, la escritura y la investigación. Amo a mi familia, la naturaleza, la literatura y las ciencias.

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