CAMBIO DE ROLES, RIESGO INMINENTE

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Manuel se levantó más temprano que de costumbre. Hasta las 11,45 tenía tiempo para enviar su trabajo semanal a la revista en la que se desempeñaba como redactor. Trataba de  escribir una poesía y a decir verdad no se le ocurría nada. El cesto junto a su escritorio se encontraba repleto de bollitos de papel con fallidos intentos de expresar las pocas ideas que daban vueltas en su cabeza.

            Salió a la calle, a respirar aire fresco. No había terminado de atravesar la puerta cuando oyó gritar su nombre.

—    ¡Eh, Manuel! ¿Te enteraste de la última?

Don Roque, el taxista que vivía en la esquina, había detenido su vehículo.

—    ¡Buen día! No sé nada. ¿Qué pasó?

— ¿En serio no te enteraste? ¿En qué mundo vivís muchacho? ¡Lo del zoológico… los leones…! ¿No escuchaste nada?

—    ¡Nada!— Aseguró Manuel.

       — ¡Se escapó una pareja de leones! Parece que hirieron al cuidador cuando quiso detenerlos. ¡Todavía siguen sueltos! Se metieron en unos galpones abandonados. ¡Está colmado de gente! ¿Querés ir? ¡Vamos!

En pocos minutos, Manuel había tomado un par de hojas blancas, y una birome y se encontraban en marcha.

        Era imposible confundir el lugar. La gente corría para observar lo sucedido, los periodistas aparecían por todos lados y la policía trataba de controlar la situación, impidiendo el paso para evitar desgracias.

        Fabián bajó del auto junto a un camarógrafo y se abrieron camino entre la muchedumbre. De pronto sonó su celular. Era el productor del noticiero.

        — ¡Fabián, Mónica se acaba de quebrar una muñeca! ¡Tropezó con un cable al entrar al estudio! ¡Vas a tener que salir al aire desde aquí!

        — ¡Bueno! ¡Fantástico! ¿Y qué hago con la nota de los leones? ¿Mandás a otro? ¡Mirá que esto está que arde de periodistas de todos los medios!

        — ¡No tengo a quién mandar, hasta dentro de media hora! Hacé una cosa: tomá nota de algunos datos, hagan unas tomas y se vienen. En cincuenta minutos salís al aire. ¡Por favor no demoren!

— ¡Déjemelo a mí, jefe! — Dijo Fabián que se sentía un ganador. Sería por primera vez, conductor de un programa en el horario central.

        — ¡Vamos, che! ¡Esto se está llenando de gente! ¡Hay que buscar otra entrada!—Protestó el camarógrafo.

        Recorrieron el lugar, pero donde quiera que fueran era imposible acceder a una mejor posición.

        Don Roque y Manuel observaban desde lejos.

—    Escuchame pibe, yo trabajé aquí hace unos años. ¡Vos, seguime!

         Apenas rodearon una parte del edificio, cuando encontraron un viejo armario apoyado contra la pared.

        — Aquí detrás hay una puerta. Hoy pocos saben de su existencia. — Aseguró el taxista, que se sentía un poco dueño de casa en su antiguo lugar de trabajo.

         Después de apartar el viejo mueble, entraron fácilmente, con mucha cautela, para no convertirse en presa de los desesperados felinos. Y se escondieron entre unas grandes cajas de madera.

        — ¿Cuál de los dos estará más loco Don Roque?

        — ¡Hasta ahora parece un empate, che!— Contestó el hombre.

        — ¡Shh! ¡Escucho algo! —Dijo Manuel en voz muy baja.

        — ¡Arriba, pibe!

        —No, más bien creo que viene de la izquierda.

        — ¡No, criatura, que mirés arriba!— Agregó el taxista, extremadamente pálido y con una voz cada vez más apagada.

        Cuando el muchacho levantó la vista el terror se dibujó en su rostro. Comenzó a faltarle el aire y el corazón parecía a punto de atravesar su pecho.

        El león macho los observaba echado sobre una caja, moviendo su cola como un gato bastante enojado.

         — ¡Te juro que soy amargo gatito! — Dijo Don Roque llorando. — ¡Amargo y ácido como un limón con vinagre!—Agregó.

         — ¡No se asuste! ¡Capaz que no tiene hambre! Las que cazan son las hembras. — Explicó el joven, que para entonces había cerrado los ojos porque no se atrevía a mirar.

         Una respiración cálida y húmeda le entibiaba la cabeza.

         — ¡Salga de encima mío, Don Roque!

         — El miedo me tiene pegado al piso. — Acotó el hombre. — ¿Cómo voy a estar encima tuyo?

         Al abrir los ojos, Manuel confirmó lo que temía. Una gran melena proyectaba sombra sobre su cabeza.

         — ¡No puede ser peor!— Dijo el muchacho.

         — ¡Te juro que sí! —Opinó el otro, mientras veía llegar a la leona.

         Ahora sí parecían petrificados. Rodeados de esa manera, eran comida rápida y fácil. No había nada que hacer. Sólo esperar un milagro… o despedirse.

         La leona inclinó su cuerpo adoptando una posición de ataque como si quisiera jugar con sus presas antes de satisfacer su apetito. Estaba a punto de saltar cuando un disparo atravesó el aire. Y luego otro. Y varios más.

         Los felinos se dispersaron y los hombres se pusieron de pie.

         — ¡Corramos!— Gritó Don Roque. — ¡Ahora que nos salvamos de estos bichos, falta que nos mate una bala!

         En un instante se encontraron otra vez afuera.

         — ¡No sabía que podía correr tan rápido!—Dijo el taxista, asombrado de sí mismo. Y luego agregó: — Desde el otro galpón que es más alto hay  una abertura que permite ver gran parte de este. ¿Querés que vayamos?

         — ¡Y…! ¡Bueno! ¡Pero yo enseguida me voy!— Aclaró el muchacho.

         ― ¡Menos mal que estos leones son de zoológico, y que están acostumbrados a tener contacto con algún ser humano. Si no, nos hubieran tragado más fácil que a un par de caramelos!  ―Opinó Don Roque todavía agitado, mientras caminaban.

         Fabián y su compañero seguían dando vueltas. Entre tanto los rugidos que provenían del interior, inquietaban cada vez más a la ansiosa multitud.

— Fijate en aquellos dos. Van hacia el otro edificio. Tal vez conozcan más el lugar y nos puedan ayudar. — Opinó el reportero.

— ¡Probemos!—Respondió Diego.

         Pronto se encontraron los cuatro dentro del viejo galpón.

         — ¿De qué medio son?— Preguntó Fabián.

         — ¿Medio?— Dijo Don Roque que no entendió la pregunta, y continuó: — ¿Qué medio? ¡Este es medio tonto y yo soy medio loco! ¡Pero no creo que te refieras a eso!

         — ¡No, Don Roque! ¡Quiere saber si somos periodistas!—Explicó Manuel.

         — ¿Periodista yo? ¡Ni falta que me hace! ¡Me conozco todos los chismes de último momento, aunque no cobro por eso! ¡Por nada cambio el taxi para andar corriendo por ahí pescando novedades! ¡La gente me cuenta todo, pibe! ¡El día que yo hable, tiembla el país, y los dejo sin trabajo a todos ustedes!

         —Y ya que sabe tanto: ¿No conoce algún lugar desde donde se pueda ver hacia el otro galpón?— Interrumpió Diego con atrevida impaciencia.

         — ¡El mejor de todos! ¡Vengan por acá!— Respondió el taxista.

         Por una escalera caracol ascendieron hasta el nivel más alto. Un gran ventanal permitía observar gran parte de la construcción contigua que también estaba provista de un espacio similar.

Fabián aprovechó su buena voluntad y les pidió algunos datos sobre lo acontecido, para explayarse más tarde durante la emisión del programa. Don Roque aprovechó y le relató sus peripecias.

Como Fabián no tenía donde anotar, Manuel le prestó unas hojas, y allí registró lo más importante.

De pronto los felinos estuvieron al alcance de su vista. Los cuatro quedaron deslumbrados. Diego filmaba, mientras Fabián grababa algunas palabras de acuerdo con la información obtenida.

Las escenas del encuentro tan cercano poblaron la mente de los dos audaces protagonistas de la reciente hazaña.

Extraño fue lo que le pasó a Manuel, que de pronto consiguió la inspiración que necesitaba para su poesía. Diez minutos estuvieron allí observando el increíble espectáculo. Se hubieran quedado hasta el desenlace final, pero todos tenían urgencia por continuar con sus actividades.

— ¡Yo me voy! —Exclamó Manuel. — ¡Prefiero los leones y no mi jefe enojado!

— ¡Yo también! — Dijo su compañero. — ¡Si no llevo plata a casa, me va a agarrar mi señora, y ahí sí que voy a tener que correr ligero!

Bajaban la frágil escalera de hierro, cuando vieron aproximarse una avalancha de periodistas que se habían percatado del útil ventanal y de la presencia de los dos intrépidos aventureros, que se salvaron de las fauces de las temibles fieras.

— ¡Bajemos rápido!— Gritó Don Roque.

Como una ola gigante, los alcanzó la feroz estampida de noteros. Fabián y Manuel cayeron al suelo, y con ellos sus papeles. A duras penas, su amigo, logró impedir que los pisaran. Y con la ayuda del camarógrafo, aprovecharon la confusión para escabullirse fuera del lugar.

Manuel llegó justo para entregar su trabajo a la secretaria de la redacción, aunque debió disculparse, porque estaba en borrador.

Fabián, apenas tuvo tiempo para dejarse maquillar y cambiarse el saco antes de salir al aire.

— ¡Listo! —Gritó el asistente del director. — ¡Aire en tres, dos, uno, va!

— ¡Buenas tardes! Hoy tengo el honor de reemplazar a nuestra prestigiosa compañera que habitualmente conduce este espacio. Ha sufrido un accidente de trabajo. Nada grave, por cierto. Pronto estará nuevamente con ustedes! ¡Vamos a los títulos! — Anunció Fabián con la seriedad que siempre lo caracterizaba.

Y aprovechó los minutos fuera de cámara para solicitar ayuda.

— ¡Díganle a Diego que quiero mis notas!

— ¡Sonreí más, Fabián! ¡Sos demasiado serio y el jefe lo tiene en cuenta! — Le aconsejó uno de los técnicos, mientras le alcanzaba la hoja que le enviaba su compañero.

—    ¡Al aire en tres, dos, uno! —Se oyó en el estudio.

        — Esta mañana la ciudad se vio conmocionada… conmocionada…—Repitió muy nervioso el periodista, mientras le parecía que su mente se transformaba en una laguna en la que sucumbían todas las ideas. Disimuladamente, tomó el papel que le entregaron y empezó a leer:

        — “Amor y libertad…” —Se detuvo confundido. Esas no eran sus notas. Pero no sabiendo qué otra cosa hacer, prosiguió:

        —   “Amor y libertad se confunden sin razones,

        en el preciso momento en que dos corazones,

        rompiendo las cadenas y atravesando fronteras

        huyen en busca de la dicha verdadera.

        Luchan a muerte por salvar su amor.

        Desconocen los límites y el temor.

        Y aunque caigan heridos en el último instante

        El dar su propia vida no le parecerá bastante…”

        Y continuó leyendo, mientras en el estudio provocaba una creciente inquietud.

       — ¡Qué le pasa a este loco! —Exclamó el iluminador.

       — ¡Está enamorado!— Suspiró una maquilladora.

       — ¡Está demente! —Dijo el sonidista.

       — ¡Está despedido! —Bramó el director desde la cabina de control.

       A Manuel no le fue mejor. En vano trató de explicar lo sucedido a su jefe, cuando aquel le reclamó enfurecido, porque en vez de una poesía le había mandado una crónica periodística.

       Tomó su auto y se fue al canal donde trabajaba Fabián.

       Durante el corte comercial, una catarata de insultos cayó sobre el joven periodista desde la boca de su director. Quién sólo pudo calmarse cuando fue interrumpido por una telefonista que entusiasmada le alcanzaba una netbook donde podían leerse unos mensajes.

      Manuel, que recién llegaba, aprovechó la distracción para intercambiar papeles con el asustado muchacho.

       — ¡Es mejor que los lea, señor! ¡Y hay muchísimos más como estos!― Aseguró la telefonista.

       El público felicitaba al improvisado conductor, por el estilo tan singular y conmovedor. E incluso algunas señoritas le enviaban sus números telefónicos.

       — ¡Salís otra vez al aire! ¡Pero cuidado con lo que decís! —Advirtió el director, mientras trataba de disimular una sonrisa por el rating que seguramente alcanzarían.

       Manuel, ya no trabaja en la revista. Escribió un libro de poesías y logró publicarlo.

       Fabián cambió de canal y conduce su propio programa.

       Los viernes por la tarde se reúnen a tomar café, con otro amigo, Don Roque. Los tres comparten largas charlas. Y al finalizar, el taxista controla que cada uno se lleve sus propios papeles, mientras repite:

—    ¡Para sustos, con uno grande alcanza!

Las amistades surgen de situaciones inesperadas, que generalmente son más sencillas y menos espectaculares. Llegan en el momento menos pensado, para hacernos más linda la vida. Hay que cuidarlas, como Don Roque, para que nadie asuma un papel que no le corresponda. Y no hay que olvidar que el compartir nos hace mejores.

Escrito por mí, y publicado unos años después en mi primer blog el 29 de octubre de 2020. Andrea Novero

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Docente jubilada. Aficionada a la lectura, la escritura y la investigación. Amo a mi familia, la naturaleza, la literatura y las ciencias.

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