Los tres hombres corrían por la selva india, sorteando obstáculos, casi sin advertirlos. La abundante flora autóctona dejaba rastros de sus azotes en los cuerpos de los impetuosos corredores. La vegetación cubría el extenso territorio formando un bellísimo escenario de bosque tropical. Algunos sonidos intensos y miles de murmullos, de las cuantiosas especies de la fauna local, no dejaban espacio al silencio. Un extraño individuo llevaba poca ventaja a los otros dos. Estaba vestido con pieles. De su frente sobresalían dos bultos que parecían pequeños cuernos. Su nariz era más chata que lo común. Sus orejas parecían recortadas. Originales tatuajes cubrían su rostro y su cuerpo, imitando la piel de un animal y acentuando el aspecto sombrío de su mirada. Varios metros más atrás, lo seguían Giovanni y Mukesh. El joven italiano, no quería desistir en la persecución del frustrado asesino de su amigo indio, a pesar de que este último se lo pedía con insistencia.
De pronto la alocada carrera sufrió un giro inesperado. El hombre que llevaba la delantera, salió de entre las plantas a un espacio abierto y detuvo abruptamente su marcha. El espanto hizo presa del desafortunado cuando este advirtió a un rinoceronte al final del claro, que con mirada amenazante le hacía notar la inoportunidad de su presencia. El voluminoso paquidermo, lanzó dos estridentes resoplidos e inclinó la cabeza hasta rasar el suelo. Los pliegues de su gruesa piel de tono gris plateado, le daban el aspecto de una gran armadura, como un caballero celoso de su castillo. Los rinocerontes indios poseen un solo cuerno, y el de este ejemplar señalaba a su involuntario adversario como una espada amenazante. En el otro extremo del pastizal, se encontraba el intruso, objeto de su enojo. El hombre estaba acostumbrado a batallar, aunque en este caso el pánico apenas le permitía respirar. La adrenalina calibró entonces su cuerpo para exigirle el máximo rendimiento, aún cuando las circunstancias no jugaban a su favor. Intentó trepar a un árbol, con una destreza increíble, pero la estructura del mismo y la vegetación circundante, lo demoraron lo suficiente para ser alcanzado por el animal, que arremetió contra él apenas advirtió sus movimientos. Como disparado por un cañón y con la fuerza de una locomotora, el guerrero unicornio lo aplastó contra el tronco que arrancó de raíz. Luego, tras golpearlo repetidas veces con cornadas y cabezazos, giró sobre su cuerpo para revisar el territorio, en busca de más presuntos usurpadores. Con paso lento pero decidido, se acercó a los jóvenes que se hallaban ocultos, favorecidos momentáneamente por la dirección del viento.
De repente varias descargas de carabinas, cayeron sobre la bestia. Su coraza resistió a la mayoría de los impactos, pero no pudo con dos de ellos que atravesaron partes vulnerables de su cabeza. El pesado cuerpo cayó, haciendo temblar la tierra que fue testigo mudo del último aliento del coloso derrotado. Afortunadamente para Giovanni y Mukesh, un grupo de cipayos había llegado en su auxilio, acabando con la vida del rinoceronte. Luego de analizar brevemente lo sucedido y examinar los restos de los caídos, regresaron a su campamento. Eran parte de una caravana que se dirigía hacia el Oeste, y que debía pasar por Benarés y Allahabad. Teniendo en cuenta lo ocurrido, se incrementó el número de centinelas y se apresuraron los arreglos para adelantar la partida.
― Creo que fui imprudente al alejarme del grupo y pedirle que me acompañara. ¡Discúlpeme! ― dijo Giovanni.
― No tiene que disculparse, sahib ― respondió Mukesh― Conozco la selva, yo soy un hombre libre. Si vine hasta aquí soy responsable de mi decisión. Pero si eso lo hace sentir mejor sahib, está disculpado ― contestó el indio.
― Su tierra es maravillosa. Está llena de sorpresas. ¡Seduce con sus encantos, pero es tan bella como peligrosa! Se parece a alguien que conocí una vez.― Mukesh sonrió, mientras trataba de imaginar cómo sería el lugar de origen de aquel entusiasta forastero.
Mientras caminaban hacia las tiendas de campaña, el muchacho europeo recogió su cuaderno que había arrojado al suelo al ser sorprendido por el grito de su amigo. Avanzaron en silencio, rememorando lo acontecido con el extraño atacante. Al llegar, un sirviente del joven indio que cuidaba sus pertenencias, los esperaba con un refrigerio. Recostado, Giovanni abrió su cuaderno y leyó lo último que había anotado en él: “Lo único constante en mí es la inconstancia”. Trató de continuar la reflexión autocrítica que había iniciado anteriormente, pero se sentía demasiado cansado para escribir. Buscó en el paisaje algo que lo distrajera, mientras se preguntaba qué misterio escondía la India, que a poco de llegar a ella, había potenciado su curiosidad, su interés por la vida, sus sueños, pero también movilizaba otras emociones que lo inquietaban y no lograba descifrar. Observó a su amigo que ya se había dormido, acomodó sus mantas y se sumó al descanso.
Era muy temprano cuando el ingeniero John Brans, que tenía una compañía constructora al servicio de la Corona, desayunaba con su esposa Catherin, su hija Mary y su hijo Robert. Mary Brans, era una joven moderadamente bella. Su mirada era cautivadora, tenía el brillo de la autenticidad y la chispa de la espontaneidad, acompañada siempre por una sonrisa. Sus padres la trataban como a una verdadera princesa y su hermano la cuidaba celosamente.
La tranquilidad con la que algunos caminaban para estirar las piernas, contrastaba con la falta de paz que Ralph Shield cargaba pesadamente en su corazón. Se le había encargado la construcción y dirección de un modesto hospital. Audaz, inteligente y emprendedor, nada parecía poder superar su carácter aguerrido. Sin embargo, en su corazón se libraba una gran batalla, de esas que cuestionan el sentido mismo de la existencia.
Hacía ya una semana que Edward Therford se encontraba en la Indias Orientales. Era un joven arrogante y sin escrúpulos. Su padre ya estaba cansado de que despilfarrara su fortuna y su propia vida. No encontrando la manera de corregirlo, y aún más de soportarlo, lo había enviado desde Londres a entregar documentación a un tío suyo. Muy en el fondo de su corazón, albergaba la esperanza de que, enfrentado a un mundo diferente, madurara un poco y apreciara más su familia y sus bienes. Por otra parte, era una buena forma de mantenerlo alejado por un tiempo. Edward era acompañado y asistido por su sirviente William, al que últimamente acostumbraba humillar en público.
Los mahut preparaban a los elefantes. Casi completaban su tarea cuando advirtieron una creciente ansiedad en los animales, que se movían intranquilos y agitaban sus orejas dando señales claras de algún peligro. Antes de que pudieran advertir a los demás, se oyeron numerosos y variados sonidos que se asemejaban a los gritos de las criaturas más peligrosas de la jungla y de pronto fueron emboscados por un nutrido grupo de bandidos. Los asaltantes eran robustos, tenían capuchas o partes de cabezas de animales y numerosos tatuajes. Cada uno se distinguía por alguna particularidad ajena a la naturaleza humana, ya sea la lengua bífida, dientes que acababan en puntas afiladas, nariz y orejas recortadas, bultos en la parte superior del rostro, en los pómulos o en las manos, uñas oscuras y largas, que parecían de garras, etc. Sin duda pertenecían al mismo grupo que el agresor de Mukesh. Aquellos individuos de apariencia tan particular, no hablaban, balbuceaban y hacían muecas amenazantes.
La lucha se desató y los cipayos opusieron valiente resistencia, intentando contener a sus atacantes. La mayoría de los civiles, dominados por el miedo trataba de ocultarse, mientras unos pocos ayudaban a los soldados asestando golpes a los malvivientes, con cualquier objeto que les pareciese apropiado para tal fin. Gritos, detonaciones, hojas de metal chocando con fuerza, golpes, gemidos de dolor, objetos quebrándose, telas desgarrándose, huesos crujiendo, animales asustados… los ruidos se mezclaban de forma intensa y descontrolada. La desigualdad de fuerzas, pronto fue más que evidente. El enfrentamiento se transformó en una masacre y el lugar se cubrió de cuerpos, sin vida o gravemente heridos. Los miembros de la expedición con menos lesiones, fueron conducidos hacia el interior de la selva por los extraños asesinos. ¿A qué se enfrentaban? ¿A que especie pertenecían esos seres salvajes, con ojos irritados, una gran alteración en sus conductas y la más notoria carencia de respeto y compasión?
Después de un largo camino se detuvieron. Una clase extravagante de comunicación surgió entre una parte de los secuestradores. Mascullaban y gesticulaban en un clima de creciente ansiedad que derivó primero en una discusión y luego en una brutal pelea entre cuatro de ellos, divididos en dos pares.
Los empujones y golpes, propinados entre gritos muy semejantes a bramidos y rugidos, eran estremecedores. Sus ojos irradiaban una ira incontenible, desprovista de la más exigua piedad. Los prisioneros intentaron protegerse colocándose detrás de las raíces de un gran árbol, custodiados por uno de sus captores. Los otros sujetos esperaban el final sin tomar partido, pero manteniéndose alertas para no ser incluidos en la reyerta. Con una fuerte arremetida, uno de los contendientes arrojó a otro al suelo, de espaldas. Aunque no pudo reducirlo por completo y éste, haciendo un movimiento de tijera, lo sujetó con las piernas y lo derribó. Luego se lanzó sobre él y se trabaron en un violento forcejeo. Rodaron repetidas veces, mientras intercambiaban golpes de puños, mordidas, codazos, cabezazos y se oprimían mutuamente el cuello tratando de estrangularse. Por un momento se soltaron y uno de ellos se incorporó, tomó una pesada roca y la lanzó, destrozando con el impacto el cráneo de su oponente.
A pocos metros el otro par continuaba su encarnizada lucha, a fuerza de embestidas, patadas y puñetazos, al tiempo que se arrojaban piedras y restos de troncos. El que parecía más fuerte, arrinconó a su adversario contra un árbol, presionándole la garganta con el antebrazo. Sin titubear lo apuñaló reiteradamente y lo dejó caer, mientras gritaba victoriosamente, golpeándose el pecho con los puños ensangrentados. Finalmente, como en una semifinal, quedaban los dos vencedores. Sus miradas se cruzaron, pero sin pactar nada, simplemente optaron por ignorarse. Su sed de sangre había sido saciada.
Según lo que hasta ese momento habían podido observar los cautivos, tenían la impresión de hallarse en manos de individuos ajenos a toda moral, lenguaje convencional y rasgos de civilización. Era extraño para la India del siglo XIX. Parecían rescatados del pasado más lejano de la humanidad. Pero allí estaban, tan reales como la selva que los rodeaba. Un creciente terror los embargaba, tratando de predecir su propio final. Habían constatado la ferocidad de los criminales y podían esperar cualquier cosa de ellos. Pero el macabro espectáculo del que fueron testigos a continuación, los puso al borde de un colapso.
Los secuestradores juntaron ramas y piedras grandes. Improvisaron un precario altar y dieron comienzo a un pavoroso ritual. Descuartizaron los cuerpos y recogieron parte de la sangre en dos cacharros. Mientras cada uno murmuraba frases aparentemente inconexas con las del resto, encendieron una hoguera y comenzaron a beber por turnos, de los recipientes. El rojo fluido chorreaba de sus bocas y se pintaban con él signos extraños, mientras realizaban una rústica danza alrededor del ara. Luego, entre cantos, tomaron trozos de las víctimas y comieron varios bocados. Entre las casi indescifrables expresiones que pronunciaban, una sonaba repetidas veces:
— ¡Rakshasas!
A medida que los caníbales desarrollaban su espeluznante ceremonia, los cinco cautivos sentían que sucumbirían ante la impresión causada por tal morbosidad. Lo cruento, conduce a veces, en distintas medidas, al delirio. Los prisioneros experimentaban un agudo terror, que no les permitía tener la lucidez necesaria para interpretar la situación, o pensar en alguna posibilidad de librarse de sus secuestradores.
La noche cayó. Esa parte del día en la que todo se ve más oscuro. Y no sólo los espacios y los objetos, sino además las amenazas, los problemas no resueltos, las miserias, el terror. Todo se agiganta cuando las tinieblas alcanzan también el espíritu, oscureciendo la razón.
Mary, se había destacado siempre por su fortaleza interior y su coraje, tanto en su núcleo familiar, como entre sus pares. Pero la prueba extrema que debía soportar hacía que poco importara cualquier precedente de sus muestras de valor. Rezaba para que todo acabase pronto, aunque tuviese que morir.
Giovanni se preguntaba si era el final del camino. Estaba convencido de haber perdido la razón y apenas podía observar con espanto, los funestos sucesos. De niño había recibido toda clase de maltratos, por los cuales un día debió huir abandonando su hogar. Ahora, todo parecía querer imitar el pasado, aunque con otros actores, para llevarlo a la expresión más extrema de terror.
Edward deseaba que William apareciera, como siempre lo había hecho antes, para salvar su pellejo. Pero estaba sólo. Nadie que lo protegiese, abogara por él, atenuara sus incomodidades o cubriera sus necesidades. Por primera vez se encontraba carente de todo.
Mukesh, había oído muchas veces en su vida hablar de los rakshasas. Ahora que tenía algunos tan cerca, sabía que cualquier cosa podía suceder. Oraba a sus dioses y prometía sacrificios a cambio de sus vidas.
El pánico regía el alma de Ralph Shield, mientras trataba de descifrar el sentido de la palabra rakshasas. La había escuchado alguna vez, bastante tiempo antes. De pronto, un recuerdo apareció nítido en su memoria. Pero no venía a traer claridad a su situación, sino más oscuridad. Los rakshasas, según las creencias hindúes, son demonios que pueden tomar cualquier aspecto, encarnan el mal en diversas formas. Comenzó a juzgarse él mismo. ¿Merecía ese destino? Era consciente de que había perdido de vista sus ideales, sus sueños, su pasión por la vida. Su sonrisa, sus palabras, le sonaban a sí mismo huecas. No había hecho daño a nadie, pero… ¿acaso eso importaba? Odiaba aquello en lo que se había convertido, pero no había sido capaz de encontrar una salida. La rutina, cumplida solo por inercia, como una pesada piedra había asfixiado su espiritualidad. No recordaba que su cuerpo hubiese fallecido, pero podía sentir el predominio de la muerte. ¿No hacía tiempo que la vida se había extinguido en él? Estaba convencido de que sólo le faltaba entregar su carne. Se imaginó entonces sobre el rústico altar, protagonizando otro macabro ritual, como víctima del infierno.
La noche avanzaba. Los rakshasas dormían y de a ratos nadie vigilaba ya que, el que hacía guardia, era vencido frecuentemente por el cansancio. Muchas de las miles de especies de la fauna de la región, realizan actividades nocturnas que incluyen la búsqueda de alimento. Es de imaginar por tanto, los millones de rumores que multiplicándose con el paso de las horas, podían oírse en aquel paraíso natural. Resultaba paradójico, tanta vida y tanta muerte en un mismo lugar. A los pesares de los cautivos, se sumaba la espantosa idea de saberse expuestos a los abundantes peligros de la selva. Se debatían entre sus miedos y las cuerdas que los sujetaban. Fue una noche demasiado larga. Dormitaban de a ratos, agotados por las terribles experiencias vividas, pero el miedo, los mosquitos y otros insectos los mantenían alertas.
Al fin amaneció. Si esperaban despertarse de una pesadilla podían sentirse desilusionados, porque todo seguía allí: las sogas, los rakshasas, el altar, los restos de los dos muertos y la jungla, desconocida e inmensa, sublime y temible. Salieron temprano. Después de dos días de camino, sin comer y bebiendo escasa cantidad de agua que mezquinamente les proporcionaban sus captores, llegaron a un lugar amurallado en el que no los esperaba ningún panorama alentador. Por alguna razón habían respetado su integridad física, pero no por amor al prójimo. Una especie de sacerdote o chamán, los recibió, los examinó a simple vista y los aprobó como sacrificio digno.
Fueron conducidos a una oscura y húmeda mazmorra. Allí recibieron comida y agua. De más está decir que nadie durmió. La cruel incertidumbre sobre su destino final alimentaba la angustia haciéndola insoportable. Los siguientes dos días transcurrieron sin novedades. La misma espantosa rutina de esperar cualquier desenlace, en un estado de enloquecedora y creciente ansiedad. Y en un ambiente compartido sin intimidad, ni letrinas, con hedores denigrantes. El guardia que les llevaba provisiones, tenía el aspecto de un campesino corriente, aunque estaba armado. No respondía a sus preguntas, que eran cada vez más angustiosas y suplicantes. Inconmovible, aparentaba no ver, ni oír, a los desesperados prisioneros.
Giovanni comenzó a hablar a los demás de su infancia dolorosa y de por qué había huido de su casa y propuso que cada uno contara algo que necesitara liberar. Cada uno, en la medida que quiso, pudo hacer su catarsis. Casi como una despedida. Conscientes de haberlo perdido todo excepto la vida, al menos por ahora, comenzaron a fijarse más en el otro, como queriendo aferrarse a algo. Sin saberlo empezaban a entretejerse lazos salvadores, invisibles pero fuertes.
La comunión entre las personas, se alimenta de la confianza y el amor, pero también a veces de la desesperación y el dolor. No importaba cual fuera el origen o el sustento de ese nexo misterioso, los mantenía lúcidos y conectados a la vida. Ya no cabían las diferencias de religión, nacionalidad, raza, casta o costumbres, eran una unidad. Un mismo dolor, un mismo temor, un mismo destino cruento, los unía.
Al tercer día, reemplazaron al carcelero que les proveía alimentos. Al igual que el anterior no tenía el aspecto salvaje de los caníbales que los habían capturado. Tras ser interpelado con insistencia, el hombre los observó por un instante y luego se expresó breve pero claramente:
— El príncipe frente al cual serían inmolados se haya gravemente enfermo, por lo cual se postergó el sacrificio, hasta su recuperación.
— ¡Por favor, dígale que soy médico y que puedo salvar su vida a cambio de las nuestras! — Suplicó Ralph Shield, con una pizca de esperanza.
— ¡Si se enteran de que hablé con ustedes me matarán! ¡El príncipe ha enloquecido y cree que es un dios! ¡Lo siento! — Respondió el guardia, extrañamente compasivo y totalmente fuera de contexto en aquel misterioso lugar.
— ¡Mi familia pagará lo que sea si nos dejan ir! — Exclamó Mary.
El centinela sonrió apenado y agregó:
— ¡No se trata de dinero, señorita! ¡Es sólo la locura del poder descontrolado! ¡Todos aquí somos tan prisioneros como ustedes, lo lamento! — Y se marchó dejando tras de sí una estela de oscuro desengaño.
Vencidos por la desesperanza los prisioneros enmudecieron. Como si una avalancha los hubiera sepultado, permanecieron en silencio bajo el peso extremo de la derrota. Tocaron fondo. Y en el fondo… la nada. Un vacío desgarrador, lacerante, inexplicable. Lúgubre, como el lugar más profundo del océano, donde jamás llega la luz. Todo parecía acabado, atrapado en un laberinto sin salida. Las horas y los minutos se sintieron como una eternidad. De pronto, con voz ronca alguien exclamó:
— ¡Todavía estamos vivos!
“¡Vivos!”. Sonaba raro, pero era verdad. La verdad que movilizó el corazón de los cautivos, dejando una especie de eco en la memoria, mientras algunas nubes negras se movían y permitían el paso a un tenue rayito de claridad.
— ¡Estamos vivos! ¿Y qué…?— río con ironía Ralph, esperando sin embargo, recibir una buena respuesta con algún plan o algo parecido.
— ¡Tal vez todavía podemos hacer algo! ¡Pensemos entre todos! — reclamó Mary decididamente.
— ¡Ese guardia… quizás si logramos convencerlo de algo…! — dijo Giovanni anhelando que alguien completara su idea.
— No es como los otros… — agregó Mukesh, intentando buscar una solución.
— ¿Y esos raksh…? ¿Cómo se llaman? ¿Los rakshasas…? ¿Qué pasará si nos persiguen? — preguntó Edward, con la ingenuidad de un niño asustado que espera que le respondan con una solución mágica.
— ¡Si salimos de aquí, no nos quedaremos a esperarlos! — respondió con sarcasmo Giovanni.
Unidos por un mismo objetivo, los cautivos pasaron el resto del día conjeturando e ideando, sobre una posible fuga. El temor más grande en ese momento era que mandaran a otro carcelero frustrando sus posibilidades. Por la noche, el guardia apareció con una provisión de agua. Todos suspiraron aliviados, al ver que se trataba del mismo que los había visitado la última vez. Al principio se resistió a toda propuesta y se marchó dejando dolor y bronca en los decepcionados presos. Pero al rato regresó oculto en la oscuridad y fue muy conciso en sus advertencias y condiciones:
— ¡Tendrán que correr al máximo de sus posibilidades! ¡No podrán mirar atrás, ni detenerse por nada! ¡No habrá luz y deberán guiarse por el sonido de los pasos del que vaya adelante! ¡La selva está llena de depredadores! Seguirán su instinto, pero sobre todo confiarán en mí y me obedecerán. ¡Caer puede significar la muerte! Deberemos permanecer lo más juntos posibles. Uno que quede atrás, nos expondrá a todos. Dominarán sus miedos, sin gritar, sin enloquecer, no importa lo que escuchen o vean. Sólo caminarán o correrán, cuando les de la señal correspondiente.
En un momento estuvieron fuera del calabozo, protegidos por las sombras y se alejaron formando un grupo compacto, tomados de las manos, totalmente a ciegas. Después de caminar mucho tiempo entre los árboles, entraron a un arroyo para no dejar rastros y anduvieron por él un largo rato, por momentos alumbrados por la Luna. Posteriormente se internaron otra vez en el bosque, por un sendero rara vez transitado por sus temibles enemigos, y corrieron. Cuando el camino comenzó a elevarse aminoraron la marcha, para alivio de todos.
— Detrás de este monte hay un prado. Será peligroso pues estaremos más expuestos. Pero una vez que lo crucemos y lleguemos al bosque, estaremos a salvo, fuera del territorio de los rakshasas. Entonces podremos cruzar la espesura y llegar hasta un pueblo cercano — dijo el hombre que los había liberado.
— ¡Vamos ya! — exclamó Ralph, decidido a salvar su vida.
Rugidos, aullidos y toda clase de sonidos aterradores, acompañaron su fuga, pero nada los detuvo. Cruzaron el monte, el prado y se internaron en el bosque. Finalmente, llegaron a una aldea donde fueron asistidos y tras permanecer allí un breve tiempo, todos partieron para reencontrarse con su propia realidad y buscar lo que quedaba, en la vida de cada uno.
Nunca se es el mismo después de una experiencia extrema. Salir de ella no es suficiente. Podemos recuperarnos y resultar fortalecidos, o sucumbir y quedar atrapados indefinidamente por el miedo y los recuerdos constantes del mal sufrido. Enfrentar las pérdidas y hacer un duelo sano de lo que ya no está, es un paso indispensable. El resultado dependerá no sólo de la voluntad de cada uno, sino por sobre todo de la capacidad de establecer buenos vínculos y recomenzar una y otra vez, sin rendirse, ni mirar atrás.
Mary perdió a su padre, pero pudo recuperarse para sostener afectivamente a su madre y ayudar a su hermano hasta que formó su propia familia.
Ralph, recuerda lo sucedido como una victoria en la que encontró una fuerza interior para él desconocida.
Para Giovanni, se entremezclaron los “demonios” de su infancia con los rakshasas y casi como fundidos en una sola historia, quedaron todos atrás en la selva, como un recuerdo distante, aunque a veces tuvo que esforzarse para no darles lugar en su memoria. Establecerse en un lugar y darle forma propia a su vida, lo que algunos llaman sentar cabeza, es lo que le permitió despegarse finalmente de las sombras del pasado.
Edward luego de regresar a su país, se dejó vencer por sus miedos e inseguridades. Se encerró en si mismo y se entregó al alcohol. Finalmente murió en una pelea callejera, fuera de la lujosa residencia de su familia.
Mukesh, que siempre fue un hombre libre, le dio un nuevo sentido a su propia libertad. Se liberó de los prejuicios y fue un amo generoso y comprensivo con sus servidores.
¿Y los rakshasas…? Siempre habrá rakshasas y siempre habrá millones de guías dispuestos a llevarnos a la libertad. El final del propio cuento lo escribirá cada uno, al menos en borrador. Y en base a él, letras más, letras menos, la vida completará la versión final.
Escrito por mí, y publicado unos años después en mi primer blog el 10 de noviembre de 2020. Andrea Novero








