Mariano Luna era un científico que había obtenido una beca de investigación, por medio de una prestigiosa organización internacional.
Era un joven inteligente, flemático, introvertido que no se interesaba por nada ni nadie fuera de su monótona labor.
Estaba siempre tan absorto en sus tareas que no veía a sus parientes ni amigos. Apenas salía del laboratorio y casi no hablaba con otras personas. Se ocupaba en tratar de descubrir fórmulas para el desarrollo de variadas e importantes vacunas.

Hacía algunos días que su trabajo parecía estancado y no lograba progresar. Cansado y algo desilusionado se retiró rumbo a su departamento.
Caminó un par de cuadras y como le dolían los pies, se sentó a descansar en un banco de una plaza. El sol entibiaba la fresca mañana y una suave brisa recorría el lugar, trayendo con ella el delicado perfume de las flores. Pero él jamás prestaba atención a ese tipo de detalles. Enfrascado en sus pensamientos, se hallaba atrapado por una increíble cantidad de fórmulas que captaban todo su interés.
La gente pasaba a su lado sin que él se percatara de su presencia.
Una pareja discutía a poca distancia sin que él lo advirtiera. Mientras tanto en su mente continuaban los debates y las contradicciones.
Después de un rato, un poco aliviado, se levantó para retomar la marcha. Alcanzó a dar unos pasos cuando la joven que terminaba de reñir con su novio, sin querer lo llevó por delante. El rostro de la muchacha golpeó su hombro.
Como quien se despierta de un sueño reaccionó desconcertado.
— ¡Disculpe, no la vi! — dijo con preocupación.
— ¡No, disculpe usted! — respondió la joven entre sollozos.
Apenas entrecruzaron miradas y cada uno continuó su camino. Al llegar a una esquina, advirtió que aún llevaba puesto su guardapolvo y que este estaba húmedo a la altura del hombro. Evocó entonces a la señorita que lo había embestido y pudo recordar claramente su expresión de dolor. Pero, lejos de conmoverse por el estado de ánimo de la desafortunada dama, comenzó a pensar en un artículo de una revista científica, en el cual se hablaba de composición química de los diferentes tipos de lágrimas, según la causa que les de origen.
Sintió curiosidad por analizar una muestra y regresó a su laboratorio, mientras especulaba sobre la manera de obtener material, para analizar, en cantidad suficiente. Pero debían ser lágrimas auténticas, portadoras de “emociones”. Y, en un delirio repentino, comenzó a imaginar lo famoso que sería si lograba descubrir una vacuna que inmunizara definitivamente a las personas contra la tristeza. Su razonamiento se basaba en la idea de que si trabajaba sobre la reacción química producida por ese sentimiento, podía llegar a encontrar una fórmula para neutralizarla.
Tomó algunos elementos y salió a la calle. Recorrió hospitales, iglesias, bares, plazas y hasta un cine en el cual se proyectaba una película con un crudo dramatismo.
Se ubicaba frente a los dolidos ciudadanos y les brindaba algunos pañuelos y luego se ofrecía a descartarlos. En el intercambio por alguno limpio, escogía los que contenían exclusivamente lágrimas y los guardaba cuidadosamente en un recipiente adecuado.
Generalmente, la gente se sorprendía, le agradecía o lo estrechaba en un sentido abrazo.
Pero no todo era color de rosas. Un día vio a una mujer que llorando intensamente, subía a un ascensor e intentó alcanzarla. Como no lo logró, subió por las escaleras, a toda velocidad, piso por piso. Finalmente, al llegar al quinto la encontró, pero ésta, sintiéndose perseguida, comenzó a gritar pensando que la atacaría. Y él, no pudo hacer otra cosa que bajar corriendo y huir, por temor a la reacción de quienes pudieran acudir en auxilio de su presunta víctima.
En otra oportunidad discutió acaloradamente con una señora, porque ella no quería devolverle un pañuelo empapado, y sólo consiguió una buena cantidad de carterazos.
Una vez se quedó sin pañuelos, pero igualmente interrumpió una confesión en una iglesia, para pedirle a un acongojado penitente que lloraba copiosamente, que lo hiciera sobre una latita. Y tuvo que retirarse en medio de una lluvia de improperios, del ofendido caballero, que por cierto tuvo que agregar los insultos a su lista, en la declaración de sus pecados.
En una ocasión recibió una paliza de un novio celoso que lo observó encarando a su desdichada prometida.
Prácticamente no dormía y dedicaba mucho tiempo a su ambicioso proyecto.
Llegó al punto de llevar gente al laboratorio, para que se desahogara y derramara aquel líquido tan preciado, mientras él fingía interés, con el único fin de obtener las mejores muestras.
En la ciudad se divulgó la noticia de que un hombre desconocido, brindaba consuelo a todos los que encontraba abatidos por el dolor. Y como era de esperar, la imaginación popular comenzó a atribuirle heroicas hazañas y a describirlo como el más puro portador de todas las virtudes. Pero él, continuó con sus actividades sin que le importara en absoluto, ni la vida, ni la suerte, ni los comentarios de los demás.
Levantaba a los niños que lloraban en el piso y les sacaba las lágrimas, antes de entregarlos a sus agradecidas madres.
Escuchaba largos desahogos y tristes confesiones, con una paciencia insuperable.
Era compañero en los duelos por las pérdidas de seres queridos, en la soledad de los que no tenían con quien compartir sus desdichas, en los fracasos, en el dolor del desempleo, en las desilusiones, en la incapacidad para resolver un problema o superar miserias personales. Siempre estaba justo allí donde se necesitaba consuelo, donde hacía falta un oído, y por supuesto, un pañuelo.
Después de un largo tiempo, comenzó a sentirse agotado. A pesar de que estaba acostumbrado a realizar largas y fatigosas indagaciones, se sentía totalmente estresado. Ya casi no iba a su departamento, y dormía poco, en el mismo laboratorio.
Una noche, cuando estaba a punto de acostarse, ya tenía puesto el pijama y un par de viejas ojotas, alguien llamó a la puerta fingiendo desconsuelo. Unos desconocidos lo asaltaron y se llevaron su computadora. Y para colmo de males, últimamente no guardaba copia de sus archivos.
Extremadamente confundido y desalentado, comenzó a llorar. Al darse cuenta de ello, tomó un vaso de vidrio para recoger el tesoro líquido que tal vez, todavía podía conseguirle, premios, fama y fortuna.
Corrió hacia la mesa y tropezó, debido a la inestabilidad de su precario calzado. Al caer volteó varios recipientes mojando todos los papeles y arruinando lo poco que le quedaba de su investigación.
Furioso tiró todo a la basura al son de una letanía de insultos, prometiéndose a sí mismo que jamás volvería a perder la cabeza por un sueño imposible.
Regresó a su casa, se acostó y durmió más de doce horas sin interrupción.
Al despertarse, se levantó, se fue a la plaza en la que tantas veces había estado y se sentó en un banco.
Se propuso no pensar en nada relacionado con su trabajo. Era consciente de que se encontraba despojado de mucho más que algunos objetos y valiosos datos, aunque no podía darse cuenta de la magnitud de su pérdida.
Pensó que tal vez era momento de tomar vacaciones. Pero ¿Qué iba a hacer? ¡Todo lo aburría! Ya no tenía amigos y sus familiares, cansados de que rechazara sus invitaciones ya no lo tenían en cuenta.
Cerró los ojos y respiró hondo. Pudo percibir, intensamente, las agradables fragancias de las flores y las plantas, el sol cálido, la caricia de una suave brisa, los sonidos y aromas de la plaza y de la calle.
Al abrirlos comenzó a observar lo que tantas veces había “mirado sin ver”.
Esperó sentado tratando de entender lo que pasaba.
Un anciano lo saludó con ternura.
— ¡Adiós, doctor! ¡Hoy no trae guardapolvo! ¿Tiene franco?
— ¡Sí! —atinó a responder, sonriendo.
— ¿Se acuerda de mí? —preguntó una señora. —¡Me hizo tanto bien cuando se me acercó con un pañuelo y escuchó mi desahogo, por la pérdida de mi hermano… allá en el hospital! ¿Se acuerda?
— ¡Claro! —dijo él por compromiso. ¡Es que había visto llorar a tanta gente! ¡Cómo iba a recordar a cada uno!
— ¡Gracias! —dijo la señora estrechándolo en sus brazos. —¡No se imagina lo bien que me hizo su compañía! — agregó y se despidió con cariño.
— ¡Mi papá me arregló la bici! —dijo una vocecita. — ¡Ya no me caigo más! ¡Y casi no me duele la rodilla!
Mariano recordó con detalles, la ocasión en la que había ayudado al pequeño a levantarse del suelo, obteniendo una abundante cosecha de valiosas lágrimas. Se sintió ridículo al imaginar la escena y se avergonzó.
Ese día, realizó una larga caminata por los lugares por los que solía andar buscando el fruto del dolor ajeno. Mucha gente lo reconoció. Y mientras lo saludaban, le sonreían y le manifestaban afecto de mil maneras, comenzó a sentir que se le ensanchaba el corazón.
Hoy continúa trabajando en su laboratorio y espera desarrollar numerosas vacunas. Sin embargo, se toma tiempo para visitar a familiares y amigos, totalmente convencido de que los momentos compartidos, son el mejor antídoto contra la tristeza.
No obtuvo premios, ni dinero, aunque es famoso de diversas maneras. Algunos, lo llaman el loco de los pañuelos, pero son aún más, los que le manifiestan afecto y gratitud, y eso lo hace sentirse inmensamente rico.
Frente a su escritorio colocó un cartel, que escribió como conclusión de sus arduas investigaciones y que dice lo siguiente:
FÓRMULA PARA SER FELIZ:
● Percibe la vida que te rodea y disfruta de los detalles más bellos y simples.
● Tómate tiempo para compartir con tus seres queridos.
● Escucha con atención al que sufre.
● Siente las lágrimas de los demás como propias, pero déjalas correr.
● Devuelve las sonrisas y los gestos afectuosos. No cuesta tanto y te engrandece el alma.
● Sé paciente. Tómate el tiempo necesario para encontrar resultados. Cuando sea el momento adecuado la vida te sorprenderá.
● Recuerda que siempre hay algo bueno que esperar, aunque no sea lo que tenías planeado.
● Nunca intentes analizar el sufrimiento. Cada cosa vale por sí misma, a su tiempo, y simplemente hay que dejarla ser.
● No obligues a otros a entregarte su dolor, o… ¡te va a doler!
● Si tu corazón es como un frágil recipiente cargado de sufrimientos, “no corras en ojotas”, la vida y los demás, esperan de nosotros pasos más firmes y seguros.
Escrito por mí, y publicado unos años después en mi primer blog el 31 de octubre de 2020. Andrea Novero








