REFLEJOS 

Era hora de llevar a la abuela hasta su casa y los niños no habían hecho aún sus tareas escolares, de modo que tuvieron que quedarse  solos, hasta el regreso de sus padres.

— ¿Terminaste Facundo? — Preguntó Sofía.

— ¡No!

— ¿Terminaste Facu? — Insistió al cabo de unos minutos.

— ¡Te dije que no! ¿Hablo en chino que no me entendés?

— ¡Bueno Einstein! ¡Si supieras algo de todo lo que nunca estudiás, capaz que terminabas antes de que antes de que se haga de día!

— ¡Bueno, genia de las Matemáticas! ¡Que yo sepa hace rato que estás con la misma división!

— ¡Callate metido, que no sabés ni sumar!

— ¡Shh! ¿Escuchaste? — Preguntó Facundo en voz baja.

— ¡Sí, te escuché! — Respondió Sofía casi gritando.

— ¡No tarada, te digo en serio! — Murmuró el niño con una clara expresión de temor en su rostro.

— ¿Qué cosa? — Quiso saber su hermana que ya estaba bastante asustada.

— ¡Hay ruidos en el pasillo! — Exclamó Facundo.

Sin mediar palabras, se levantaron de sus sillas y tomaron, casi sin darse cuenta, el primer objeto que cada uno consideró útil, para un presunto encuentro con algún peligroso enemigo.

— ¡Capaz que es una rata! — Trató de convencerse a sí misma la niña.

— ¿Y si son ladrones? — Dijo el pequeño al borde de un ataque de nervios.

La pregunta de Facundo disparó la imaginación de los dos, de manera que ya casi podían verse rodeados de sujetos robustos y peligrosos, vestidos al estilo ninja y armados hasta los dientes.

— ¡Vos que sos más grande, andá a ver si hay alguien!

— ¡Andá vos, tarado! ¡Yo no pienso moverme! — Respondió su hermana con la firme decisión de no abandonar su improvisado refugio.

— ¡Vamos los dos y por lo menos cerremos la puerta para que no entren acá!

Después de unos minutos de tenso silencio que pareció una eternidad, ambos, sujetando con firmeza sus “armas”, emprendieron la peligrosa misión de llegar hasta la puerta, distante apenas a unos tres metros y medio.

La niña esgrimía un viejo sartén, mientras su hermano portaba valientemente un plumero de hilos.

Llegaron a destino, pero ninguno pudo concretar la audaz hazaña.

Afirmaron sus espaldas contra la pared y hubiesen querido fundirse con la pintura misma, para pasar inadvertidos, pero había que actuar… y pronto.

— ¡Corramos hacia mi habitación! — Propuso la pequeña.

— ¡Ok! — Respondió el niño temblando y sudando casi copiosamente.

— ¡A la cuenta de tres! — Sugirió ella.

— ¡No, esperá! ¡No estoy listo! — Advirtió Facundo.

— ¡Voy a espiar! — Dijo Sofía en un arranque de heroísmo. Asomó su cabeza y de golpe retrocedió espantada.

— ¡Hay alguien! — Expresó visiblemente aterrorizada.

Facundo, sintiendo la necesidad de corroborarlo con sus propios ojos se asomó también y retrocedió de la misma manera que su hermana.

— ¡Corramos! — Gritó de pronto el pequeño. Y en un arrebato de pura adrenalina atravesó el pasillo casi de un salto, seguido de Sofía, que a la velocidad de un flash ya estaba junto a él, metida debajo de la cama.

Los ruidos de una cerradura incrementaron el terror casi hasta el borde de la locura.

Las voces de sus padres les brindaron un consuelo temporal, hasta que una especie de visión apocalíptica de la imaginación de la niña le hizo temer lo peor.

— ¡No! ¡Tengan cuidado! — advirtió dejando su improvisada trinchera para acudir en auxilio de sus progenitores, en un delirio quijotesco.

— ¡Ahhh! — Gritó Facundo corriendo detrás de Sofía.

Cuando llegaron a la entrada del dormitorio, alguien encendió la luz y entonces estallaron en clamores y zapateos, asustando también a sus padres.

— ¿Qué pasó? — Inquirió desesperadamente el papá, mientras la mamá los abrazaba a ambos.

— ¡En el pasillo…! ¡Al fondo…! ¡Alguien! — Acotó la niña en medio de un amargo llanto.

El padre revisó la casa, asegurándose además de que las posibles entradas estuvieran cerradas.

— ¡No hay nada! ¡Y todo está bien cerrado! — Afirmó.

— ¿En el pasillo? — Preguntó la madre.

— ¡Sí!!! — Respondieron a coro los niños.

Y entonces la mamá soltó una ruidosa carcajada mientras aclaraba:

— ¡Es el espejo que trajo la abuela! ¡Papá lo colgó esta tarde! ¿No sabían? ¡Ella misma talló el marco! Se debe haber movido porque todavía no está bien asegurado a la pared.

Los demás festejaron con sus risas el feliz descubrimiento.

La vida a veces nos amenaza con sus complicaciones. Y nuestras limitaciones nos hacen agrandar los temores y las cargas.

Aquello de lo que escapamos no es más que el reflejo de nuestra pequeñez.

No dejemos que el miedo no paralice. Y en el espejo de la vida, a la luz de la verdad, veamos lo que somos y sintámonos agradecidos.

Escrito por mí, y publicado unos años después en mi primer blog el 31 de octubre de 2020. Andrea Novero

andreabuenaspalabras@gmail.com

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Docente jubilada. Aficionada a la lectura, la escritura y la investigación. Amo a mi familia, la naturaleza, la literatura y las ciencias.

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